ALFRED KALTSCHMITT ![]()
Dos momentos: El primero cuando los rayos del sol se cuelan entre las ramas altas de los árboles regalándoles la sombra a los cafetales de esta hermosa hacienda antigüeña por donde camino temprano en la mañana. Olor a tierra mojada y hojas haciéndose abono para obsequiarles sus nutrientes a las matas de café cuyas hojas se encienden y se apagan con los rayos solares mañaneros.
Me acompañan algunas ardillas y el coro de pájaros va en aumento conforme me adentro en la espesura de la plantación. Siento el peso de la soledad agradeciéndome el momento solo. Libre de la cacofonía humana, me es fácil unirme al bosque como si fuésemos uno. Respiro aire fresco y por momentos mis ojos se topan con alguna mariposa volando a sus anchas como pluma al viento.
Y ahora estoy en otro momento. Mi nieta Natalia, de doce años, maneja por primera vez un auto. Está al timón y yo del otro lado sosteniendo en mi regazo a su prima Stefanía. Conducimos por la misma vereda que caminé hace un rato. Lo hace perfectamente bien. Y a pesar de estar concentrada en manejar, la cautiva también la penumbra del sendero aquel de arboleda tupida y espesa penumbra. Como si entrásemos por unos segundos a un bosque encantado ajeno a todo lo que no fuese el presente.


